Si el jueves pasado tuvimos una paupérrima entrada para ver a Sonny Vincent con estos me temía lo peor, pero cual fue mi sorpresa cuando llego a la sala y veo cola para entrar. Fue traspasar el umbral de la puerta y verme negro para llegar a las primeras filas, algo absolutamente increíble. No me esperaba que tuvieran semejante acogida pero la expectación era máxima el sábado noche y se rozó casi el lleno. La verdad es que nunca el Savoy acogió mayor cantidad de rednecks por metro cuadrado, había ganas de hacer el cafre, y con los primeros guitarrazos más de uno empezó a bailar como pollo sin cabeza. Una baja muy importante la de Scott, no hay duda, pero Blain Cartwright cogió el mando y su voz cazallosa todavía le dio un aire más macarra si cabe al grupo. La otra novedad con que nos encontramos fue la incorporación de un segundo guitarra, que no hizo otra cosa más que engrosar el sonido de la banda y darle mucha mayor potencia al directo.
Fieles a ese estilo country punk tan agresivo que les caracteriza nos ofrecieron un show muy enérgico a más no poder. Peligraban los tímpanos y la integridad física de algunos allí delante. El descontrol se apoderó de las primeras filas cuando tan solo llevábamos media hora de concierto y se formó un pogo entre la garrulada. Mucho alcohol, mucho sudor, y el caos por momentos a la par que iban cayendo los clásicos de la banda. Hubo alguna concesión al último disco pero la mayoría del setlist estuvo basado en sus grandes éxitos, "Run Fat Boy Run", "Drunk, Tired And Mean", "Folsom Prison Blues", "Surfabilly", fueron cayendo como ráfagas de fuego, muy jaleadas entre el personal, igual que la versión que se marcaron de The Rolling Stones, "Dead Flowers", bastante notable también.